Feministas mexicanas alzan la voz contra el patriarcado

viernes septiembre 3, 2021

Por: Natalia Gutiérrez

Ante la epidemia de feminicidios y la inacción del Gobierno, las feministas mexicanas recurren a tácticas cada vez más radicales en su búsqueda colectiva de justicia.

El movimiento feminista en México está experimentando una transformación radical liderada por las madres de las innumerables víctimas de la epidemia de feminicidios que acecha al país. Un importante punto de inflexión en esta transformación ocurrió el 2 de septiembre del 2020, cuando Silvia Castillo y Marcela Alemán visitaron las oficinas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), para indagar el avance de la investigación sobre los horribles crímenes cometidos contra sus respectivas hijas: el asesinato el año pasado de Alan Ibarra, la hija de Castillo de 22 años, y la violación de Lía, la hija de Alemán de cuatro años, en su escuela en 2017.

Tras reunirse con el presidente de la CNDH, Alemán entendió que su caso no avanzaría y que la iban a enviar a casa con las manos vacías. En respuesta, se ató a una silla y junto con Castillo se negó a salir de las oficinas. Nadie intentó sacarlas, pero al final del día simplemente quedaron abandonadas, sin respuestas y sin ofrecer ningún apoyo para pasar la noche. Las dos mujeres recurrieron a algunos grupos feministas en caso de que apareciera la policía.

Un grupo de mujeres jóvenes con pasamontañas negros que se hacen llamar “Bloque Negro”, respondió a la llamada. Se unieron Erika Martínez, la madre de una joven víctima de abuso sexual que busca justicia desde hace cuatro años, y Yesenia Zamudio, madre de “Marichuy” de 19 años que fue asesinada en el 2016. Al día siguiente, los casos  de Alemán y Castillo avanzaron y abandonaron el edificio.

Pero Martínez, Zamudio y las mujeres del Bloque Negro se quedaron y tomaron el edificio para exigir la justicia que les había sido negada durante tanto tiempo. Martínez explicó que se quedó en el edificio porque “no tiene nada más que perder”. Está cansada de esperar la justicia que le prometieron: “Después de hacer la denuncia por mi hija, el mismo abusador me golpeó un año después y me expulsaron de mi casa. Todas mis herramientas para trabajar estaban adentro y no pudimos recuperar nada ” 

El edificio de la CNDH pasó a llamarse “Okupa Cuba Casa Refugio” u “Okupa” para abreviar, y sus ocupantes dicen que se ha convertido en un refugio para mujeres sobrevivientes de violencia de género que buscan justicia.

Actualmente, solo Martínez y las mujeres del Bloque Negro viven tiempo completo en Okupa. Para Martínez, la lucha ya no se trata solo de encontrar justicia para su hija, “sino también para todas las mujeres que vienen a tocar nuestras puertas en busca de ayuda.” Explica que las orientan con procedimientos legales, les brindan refugio por la noche (o días si es necesario), les ofrecen consejos sobre cómo hablar con las autoridades o simplemente les dan apoyo emocional y moral.

Las historias de Castillo, Zamudio, Alemán y Martínez, ilustran el nuevo e inesperado papel que juegan las madres mexicanas en el movimiento feminista. Se niegan a permanecer en silencio y se han convertido en una especie de fuerza de la naturaleza capaz de sacudir al Gobierno hasta la médula, cuando buscan justicia para sus seres querides. Son ruidosas, organizadas y, lo más importante, están cansadas de la mierda del Gobierno.

FEMINICIDIOS E IMPUNIDAD

México es uno de los países más violentos del mundo para las mujeres, y el problema sigue creciendo: según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), existe un aumento del 145 % en los feminicidios ocurridos entre 2015 y 2019, en promedio 10 mujeres son asesinadas cada día, y 66 % de las mujeres a partir de los 15 años, denunciaron haber sido víctimas de violencia.

Las Naciones Unidas han advertido al Gobierno de México sobre la brutalidad con la que se asesina a las mujeres en comparación con los hombres. El uso de armas y objetos punzo cortantes es 1.3 veces mayor en los feminicidios, y terribles métodos como ahorcamiento, estrangulamiento, asfixia, ahogamiento, veneno y fuego, se utilizan con más frecuencia para matar mujeres, según un informe de la ONU.

Durante emergencias humanitarias, desastres y crisis de salud pública, como la que estamos viviendo con la pandemia de COVID-19, las mujeres y las niñas corren mayor riesgo de sufrir violencia. Según un comunicado de prensa de la Red Nacional de Refugios (RNR), la violencia contra las mujeres se disparó 48 % entre marzo y noviembre del año pasado, y la RNR manejó los casos de 38 mil 81 personas. La violencia doméstica aumentó y 63 % de las mujeres que llamaron dijeron haber sido víctimas de violencia por parte de sus maridos o parejas.

Las mujeres en México no solo enfrentan violencia extrema, sino que también enfrentan a diario la corrupción y la impunidad. Esa es la experiencia de Yesenia Zamudio, madre de María de Jesús Jaime Zamudio -o “Marichuy” como la conocía toda la gente-, quien fue víctima de feminicidio a los 19 años. En el 2016, la aventaron por la ventana de su departamento ubicado en el quinto piso, y la dejaron en el suelo por más de cinco horas. Murió una semana después en un hospital de la Ciudad de México.

Las autoridades locales se negaron a investigar el caso de Marichuy como feminicidio y dictaminaron que su muerte fue un suicidio. Sin embargo, desde el primer día su madre aseguró que el feminicidio fue cometido por un ex maestro y algunos amigos que solían acosar a su hija. Zamudio no ha dejado de pedir justicia para su hija: “Han pasado cinco años y tuve que poner patas arriba al país para que la gente hablara de Marichuy, que se investigara el caso con perspectiva de género y que se reclasificara como feminicidio”, explica. “Tuve que hacer mucho ruido en México y en el extranjero para que esto sucediera.”

“No hay forma de que un caso de violencia contra la mujer pueda avanzar solo por la vía legal”, dice Karla Michel Salas, abogada defensora y feminista especializada en casos de violación de los derechos humanos de mujeres. “Nuestro sistema no está hecho para brindar justicia”, agrega; enfatiza la dificultad de presentar una denuncia ante la policía y espera que las autoridades hagan su trabajo. México ocupa el puesto 60 de los 69 países estudiados en el Índice Global de Impunidad 2020, lo que significa que casi todas las familias que buscan justicia han tenido que hacerlo en las calles. En un país donde el 95 % de los asesinatos quedan impunes, toda acción legal debe acompañarse de algún tipo de presión pública, como manifestaciones, hablar con la prensa o hacer ruido en las redes sociales, para obligar a las autoridades a realizar la investigación del caso.

LAS PRIORIDADES EQUIVOCADAS DE AMLO

Durante su campaña, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) prometió que cuando llegara al poder, transformaría a México en una sociedad más igualitaria, pero su actual administración no ha podido contener la epidemia de feminicidios en el país.

La respuesta mediocre y despectiva del gobierno de AMLO sobre los asesinatos diarios, enfureció a las organizaciones de mujeres en todo el país. A principios del 2019, protestaron frente al Palacio Nacional para exigirle al gobierno la investigación inmediata del asesinato de Ingrid Escamilla, y su intervención en la epidemia de feminicidios. La respuesta de López Obrador fue “no quiero que los feminicidios opaquen la rifa”, refiriéndose a la rifa para vender el avión presidencial.

Solo una semana después del feminicidio de Ingrid, Fátima Aldrighett, de siete años, fue hallada sin vida al sur de la ciudad, luego de haber sido secuestrada en su escuela. Se temía lo peor y se confirmó al encontrar signos de abuso sexual y tortura en su cuerpo.

Esa fue la gota que derramó el vaso. Una vez más, las mujeres salieron a las calles y afuera del Palacio Nacional, exigieron a AMLO seriedad ante el problema. Sin embargo, el presidente respondió con una charla vacía sobre la “regeneración moral”, y afirmó que el tema de los feminicidios “se ha manipulado mucho en los medios” y que “todos los homicidios importan”. Estaba claro que no quería hablar sobre la vida de las mujeres.

En lugar de aprobar políticas públicas que realmente podrían ayudar a las víctimas, el presidente centra su energía en hablar de moralidad. En la conferencia de prensa del 20 febrero del 2020, AMLO habló sobre un colectivo feminista y dijo: “se oponían a la moralización que nosotros promovemos. Yo respeto su punto de vista, no lo comparto. Yo creo que hay que moralizar al país, que hay que purificar la vida pública y que hay que fortalecer valores culturales, morales, espirituales. Son concepciones distintas.” 

Su administración también publicó un video que pretendía prevenir la violencia doméstica diciéndole a la gente, “respira, cuenta hasta diez y saca la bandera blanca de la paz” antes de que se enojen o desesperen con un integrante de la familia. El video fue inmediatamente criticado en las redes sociales. No solo por su estrategia ineficaz, sino también porque, como lo expresó una diputada de la oposición, la campaña “pretende ubicar la responsabilidad de la violencia contra las mujeres en las propias mujeres.”

Como resultado de los planes de austeridad implementados por el Gobierno en respuesta a la pandemia, los refugios para víctimas de violencia doméstica en México han estado funcionando con recursos insuficientes. En julio del 2020, AMLO recortó el 75 % del presupuesto del Instituto de las Mujeres a pesar de que las estadísticas mostraban que el problema estaba aumentando. Los datos oficiales publicados por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública mostraron que apenas unos meses antes, en marzo, recibieron una cifra récord de 115,614 llamadas de emergencia por violencia contra las mujeres, y un aumento del 22.3 % respecto al mes anterior. Sin embargo, AMLO argumentó sin evidencia que el 90 % de las llamadas eran falsas.

LA HUELGA DE LAS MUJERES

En respuesta a la falta de una acción gubernamental dedicada, muchas organizaciones de mujeres han decidido llevar sus demandas de justicia a las calles.

El movimiento #metoo llegó a México en el 2019, y marcó un punto de inflexión para las protestas feministas y para todas las mujeres cansadas de ser silenciadas. El primer caso enfrentó a Herson Barona, un famoso escritor mexicano, que abusó y acosó a casi una docena de mujeres. Al principio, nadie le creyó a las víctimas, pero todo cambió con un solo tuit. La respuesta se convirtió rápidamente en un movimiento de empoderamiento de mujeres que comenzaron a abrirse sobre sus experiencias con el abuso.

Las protestas durante el Día Internacional de la Mujer en el 2020, fueron otro punto de inflexión. Las autoridades estiman que alrededor de 80 mil mujeres marcharon en la Ciudad de México, pero otras fuentes sitúan a la multitud en 120 mil. Marcharon por tres demandas importantes: tomar en serio las investigaciones de feminicidio, implementar políticas para proteger a las mujeres y justicia para las víctimas y sus familias.

La protesta se prolongó hasta el 9 de marzo, con un paro de mujeres de 24 horas. La campaña #UnDíaSinNosotras invitó por un día a todas las niñas o mujeres del país a dejar de hacer lo que suelen hacer: ir a clases, trabajar, hacer las tareas del hogar, cocinar, etc. La huelga contó con un apoyo masivo de personas de todo el país y alrededor del 70 % de las mujeres se unieron a la huelga.

La ausencia de tantas mujeres en el ámbito económico, le costó a la economía 30 mil millones de pesos. En algunos lugares de trabajo, los hombres se presentaron para tomar el relevo, pero estaban abrumados en muchos bancos y escuelas, por ejemplo, que nunca abrieron o cerraron temprano. En línea, circularon imágenes de aulas medio vacías, metros y calles.

La protesta del Día de la Mujer tuvo éxito porque participaron mujeres de todas las edades y orígenes, y muchas mujeres se unieron por primera vez a las protestas. Algunas encontraron en el feminismo su ideología política, otras se volvieron más radicales e incluso violentas durante las protestas.

Los medios de comunicación nacionales se centraron más en las expresiones de ira de las mujeres durante las manifestaciones, que en sus demandas. Por ejemplo, el 28 de septiembre, Día de Acción Global por un Aborto Legal, Seguro y Gratuito, se llevaron a cabo dos protestas para exigir aborto legal y seguro para todas las mujeres mexicanas. Un grupo, encabezado por el Bloque Negro, planeó protestar frente al Congreso local. Aunque solo había unas 40 mujeres, fueron interceptadas por la policía y encapsuladas (Kettling) durante cuatro horas.

Lo mismo sucedió al día siguiente, pero esta vez con un grupo más grande de activistas que también fueron encapsuladas durante varias horas. Los ataques a manifestantes por parte de Ateneas, la unidad policial de mujeres, fueron duramente criticados. Al mismo tiempo, el Bloque Negro fue noticia por agredir con martillos a las mujeres policías. Debido a que las manifestantes pintaron monumentos y edificios, los medios de comunicación llamaron a estas feministas “saqueadoras”, “vándalas” y “criminales”. Cuando le pregunté a Itzania Otero, directora de la unidad policial de mujeres, si habían abusado de su poder en las manifestaciones, respondió que actuaron “en defensa propia” y que “nunca abusaron de su poder.”

Para Lilián Chapa, investigadora principal en justicia penal del World Justice Project, debatir si las estrategias de protesta violenta son correctas o no es “enfocarse en la parte equivocada del conflicto”. Según Chapa, la protesta violenta es solo una estrategia “porque ya no discutimos sobre qué está fallando en nuestro sistema de justicia para que las víctimas a protesten con tanta rabia.”

ALZANDO VOCES CONTRA EL PATRIARCADO

Cinco meses después de la ocupación inicial de las oficinas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, la lucha continúa. Problemas internos provocaron que Yesenia Zamudio abandonara la casa, pero el resto del grupo está decidido a seguir ocupando el edificio que ahora es su vivienda. Martínez dice que las autoridades acordaron permitirles permanecer en el edificio y colaborar con ellas para erradicar la violencia de género. Aunque Martínez y las demás les creen, implementaron protocolos de seguridad en caso de que la policía intente sacarlas por la fuerza.

Al preguntarle por qué continúan con su ocupación, Matancera, como la llaman en el grupo, explica que para ellas, “este es el lugar más seguro para estar en México”. Pitahaya, una niña alta y miembra del Bloque Negro dice: “No voy a ningún lado a menos que nos vayamos todas juntas, ya sea libres, presas o muertas.”

Sin embargo, las feministas del Bloque también están en el centro de una clara división dentro de la comunidad feminista de la Ciudad de México. Las mujeres del Bloque Negro se definen como separatistas radicales, solo trabajan y ayudan a mujeres biológicas porque “muchas de nosotras hemos sido violadas por hombres”, dice Matínez. Por supuesto, otros grupos feministas y LGBTQ+ critican al Bloque por ser transexcluyente y usar discursos de odio contra las personas trans. En octubre, Ofelia Pastrana, mujer trans e influencer, tuiteó que lo que más le molesta de la transfobia del Bloque Negro es que mujeres trans colaboraron con ellas y recaudaron dinero que aceptaron felizmente. Desde entonces, la Okupa perdió la mayor parte del apoyo que alguna vez tuvo de otras feministas y de la comunidad LGBTQ+.

La Okupa fue, y para algunas mujeres sigue siendo, un fuerte símbolo feminista. Pero no es el único. A medida que pasa el tiempo, surgen nuevos grupos feministas, nuevos chats donde las mujeres comienzan a organizarse, nuevos grupos de Facebook en donde se comparte información e incluso nuevos medios de mujeres con perspectivas frescas y jóvenes. Madres como Yesenia Zamudio son importantes en la formación de las generaciones más jóvenes que están presenciando cómo familias enteras hacen ruido y buscan justicia.

Aunque el gobierno de AMLO minimiza la importancia de los feminicidios y la violencia contra las mujeres en México, los grupos feministas demuestran más fuerte su oposición. A pesar de las represiones policiacas, la pandemia mundial y la gravedad de la epidemia de feminicidios, las feministas no dejan de protestar. Cada una sabe que podría ser la próxima, y por eso alzan la voz contra el patriarcado.

__________________________________

El artículo original se publicó en la revista ROAR y aquí lo compartimos con permiso de la autora.

Natalia Gutiérrez, periodista que trabaja en la intersección del periodismo, la tecnología y la construcción de comunidades. Actualmente estudia una maestría en Periodismo Social en la Escuela de Graduados de Periodismo Craig Newmark en CUNY en Nueva York, donde se enfoca en la comunidad feminista de México y Nueva York.

Feministas mexicanas alzan la voz contra el patriarcado

Mandhala

Por: Natalia Gutiérrez

Ante la epidemia de feminicidios y la inacción del Gobierno, las feministas mexicanas recurren a tácticas cada vez más radicales en su búsqueda colectiva de justicia.

El movimiento feminista en México está experimentando una transformación radical liderada por las madres de las innumerables víctimas de la epidemia de feminicidios que acecha al país. Un importante punto de inflexión en esta transformación ocurrió el 2 de septiembre del 2020, cuando Silvia Castillo y Marcela Alemán visitaron las oficinas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), para indagar el avance de la investigación sobre los horribles crímenes cometidos contra sus respectivas hijas: el asesinato el año pasado de Alan Ibarra, la hija de Castillo de 22 años, y la violación de Lía, la hija de Alemán de cuatro años, en su escuela en 2017.

Tras reunirse con el presidente de la CNDH, Alemán entendió que su caso no avanzaría y que la iban a enviar a casa con las manos vacías. En respuesta, se ató a una silla y junto con Castillo se negó a salir de las oficinas. Nadie intentó sacarlas, pero al final del día simplemente quedaron abandonadas, sin respuestas y sin ofrecer ningún apoyo para pasar la noche. Las dos mujeres recurrieron a algunos grupos feministas en caso de que apareciera la policía.

Un grupo de mujeres jóvenes con pasamontañas negros que se hacen llamar “Bloque Negro”, respondió a la llamada. Se unieron Erika Martínez, la madre de una joven víctima de abuso sexual que busca justicia desde hace cuatro años, y Yesenia Zamudio, madre de “Marichuy” de 19 años que fue asesinada en el 2016. Al día siguiente, los casos  de Alemán y Castillo avanzaron y abandonaron el edificio.

Pero Martínez, Zamudio y las mujeres del Bloque Negro se quedaron y tomaron el edificio para exigir la justicia que les había sido negada durante tanto tiempo. Martínez explicó que se quedó en el edificio porque “no tiene nada más que perder”. Está cansada de esperar la justicia que le prometieron: “Después de hacer la denuncia por mi hija, el mismo abusador me golpeó un año después y me expulsaron de mi casa. Todas mis herramientas para trabajar estaban adentro y no pudimos recuperar nada ” 

El edificio de la CNDH pasó a llamarse “Okupa Cuba Casa Refugio” u “Okupa” para abreviar, y sus ocupantes dicen que se ha convertido en un refugio para mujeres sobrevivientes de violencia de género que buscan justicia.

Actualmente, solo Martínez y las mujeres del Bloque Negro viven tiempo completo en Okupa. Para Martínez, la lucha ya no se trata solo de encontrar justicia para su hija, “sino también para todas las mujeres que vienen a tocar nuestras puertas en busca de ayuda.” Explica que las orientan con procedimientos legales, les brindan refugio por la noche (o días si es necesario), les ofrecen consejos sobre cómo hablar con las autoridades o simplemente les dan apoyo emocional y moral.

Las historias de Castillo, Zamudio, Alemán y Martínez, ilustran el nuevo e inesperado papel que juegan las madres mexicanas en el movimiento feminista. Se niegan a permanecer en silencio y se han convertido en una especie de fuerza de la naturaleza capaz de sacudir al Gobierno hasta la médula, cuando buscan justicia para sus seres querides. Son ruidosas, organizadas y, lo más importante, están cansadas de la mierda del Gobierno.

FEMINICIDIOS E IMPUNIDAD

México es uno de los países más violentos del mundo para las mujeres, y el problema sigue creciendo: según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), existe un aumento del 145 % en los feminicidios ocurridos entre 2015 y 2019, en promedio 10 mujeres son asesinadas cada día, y 66 % de las mujeres a partir de los 15 años, denunciaron haber sido víctimas de violencia.

Las Naciones Unidas han advertido al Gobierno de México sobre la brutalidad con la que se asesina a las mujeres en comparación con los hombres. El uso de armas y objetos punzo cortantes es 1.3 veces mayor en los feminicidios, y terribles métodos como ahorcamiento, estrangulamiento, asfixia, ahogamiento, veneno y fuego, se utilizan con más frecuencia para matar mujeres, según un informe de la ONU.

Durante emergencias humanitarias, desastres y crisis de salud pública, como la que estamos viviendo con la pandemia de COVID-19, las mujeres y las niñas corren mayor riesgo de sufrir violencia. Según un comunicado de prensa de la Red Nacional de Refugios (RNR), la violencia contra las mujeres se disparó 48 % entre marzo y noviembre del año pasado, y la RNR manejó los casos de 38 mil 81 personas. La violencia doméstica aumentó y 63 % de las mujeres que llamaron dijeron haber sido víctimas de violencia por parte de sus maridos o parejas.

Las mujeres en México no solo enfrentan violencia extrema, sino que también enfrentan a diario la corrupción y la impunidad. Esa es la experiencia de Yesenia Zamudio, madre de María de Jesús Jaime Zamudio -o “Marichuy” como la conocía toda la gente-, quien fue víctima de feminicidio a los 19 años. En el 2016, la aventaron por la ventana de su departamento ubicado en el quinto piso, y la dejaron en el suelo por más de cinco horas. Murió una semana después en un hospital de la Ciudad de México.

Las autoridades locales se negaron a investigar el caso de Marichuy como feminicidio y dictaminaron que su muerte fue un suicidio. Sin embargo, desde el primer día su madre aseguró que el feminicidio fue cometido por un ex maestro y algunos amigos que solían acosar a su hija. Zamudio no ha dejado de pedir justicia para su hija: “Han pasado cinco años y tuve que poner patas arriba al país para que la gente hablara de Marichuy, que se investigara el caso con perspectiva de género y que se reclasificara como feminicidio”, explica. “Tuve que hacer mucho ruido en México y en el extranjero para que esto sucediera.”

“No hay forma de que un caso de violencia contra la mujer pueda avanzar solo por la vía legal”, dice Karla Michel Salas, abogada defensora y feminista especializada en casos de violación de los derechos humanos de mujeres. “Nuestro sistema no está hecho para brindar justicia”, agrega; enfatiza la dificultad de presentar una denuncia ante la policía y espera que las autoridades hagan su trabajo. México ocupa el puesto 60 de los 69 países estudiados en el Índice Global de Impunidad 2020, lo que significa que casi todas las familias que buscan justicia han tenido que hacerlo en las calles. En un país donde el 95 % de los asesinatos quedan impunes, toda acción legal debe acompañarse de algún tipo de presión pública, como manifestaciones, hablar con la prensa o hacer ruido en las redes sociales, para obligar a las autoridades a realizar la investigación del caso.

LAS PRIORIDADES EQUIVOCADAS DE AMLO

Durante su campaña, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) prometió que cuando llegara al poder, transformaría a México en una sociedad más igualitaria, pero su actual administración no ha podido contener la epidemia de feminicidios en el país.

La respuesta mediocre y despectiva del gobierno de AMLO sobre los asesinatos diarios, enfureció a las organizaciones de mujeres en todo el país. A principios del 2019, protestaron frente al Palacio Nacional para exigirle al gobierno la investigación inmediata del asesinato de Ingrid Escamilla, y su intervención en la epidemia de feminicidios. La respuesta de López Obrador fue “no quiero que los feminicidios opaquen la rifa”, refiriéndose a la rifa para vender el avión presidencial.

Solo una semana después del feminicidio de Ingrid, Fátima Aldrighett, de siete años, fue hallada sin vida al sur de la ciudad, luego de haber sido secuestrada en su escuela. Se temía lo peor y se confirmó al encontrar signos de abuso sexual y tortura en su cuerpo.

Esa fue la gota que derramó el vaso. Una vez más, las mujeres salieron a las calles y afuera del Palacio Nacional, exigieron a AMLO seriedad ante el problema. Sin embargo, el presidente respondió con una charla vacía sobre la “regeneración moral”, y afirmó que el tema de los feminicidios “se ha manipulado mucho en los medios” y que “todos los homicidios importan”. Estaba claro que no quería hablar sobre la vida de las mujeres.

En lugar de aprobar políticas públicas que realmente podrían ayudar a las víctimas, el presidente centra su energía en hablar de moralidad. En la conferencia de prensa del 20 febrero del 2020, AMLO habló sobre un colectivo feminista y dijo: “se oponían a la moralización que nosotros promovemos. Yo respeto su punto de vista, no lo comparto. Yo creo que hay que moralizar al país, que hay que purificar la vida pública y que hay que fortalecer valores culturales, morales, espirituales. Son concepciones distintas.” 

Su administración también publicó un video que pretendía prevenir la violencia doméstica diciéndole a la gente, “respira, cuenta hasta diez y saca la bandera blanca de la paz” antes de que se enojen o desesperen con un integrante de la familia. El video fue inmediatamente criticado en las redes sociales. No solo por su estrategia ineficaz, sino también porque, como lo expresó una diputada de la oposición, la campaña “pretende ubicar la responsabilidad de la violencia contra las mujeres en las propias mujeres.”

Como resultado de los planes de austeridad implementados por el Gobierno en respuesta a la pandemia, los refugios para víctimas de violencia doméstica en México han estado funcionando con recursos insuficientes. En julio del 2020, AMLO recortó el 75 % del presupuesto del Instituto de las Mujeres a pesar de que las estadísticas mostraban que el problema estaba aumentando. Los datos oficiales publicados por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública mostraron que apenas unos meses antes, en marzo, recibieron una cifra récord de 115,614 llamadas de emergencia por violencia contra las mujeres, y un aumento del 22.3 % respecto al mes anterior. Sin embargo, AMLO argumentó sin evidencia que el 90 % de las llamadas eran falsas.

LA HUELGA DE LAS MUJERES

En respuesta a la falta de una acción gubernamental dedicada, muchas organizaciones de mujeres han decidido llevar sus demandas de justicia a las calles.

El movimiento #metoo llegó a México en el 2019, y marcó un punto de inflexión para las protestas feministas y para todas las mujeres cansadas de ser silenciadas. El primer caso enfrentó a Herson Barona, un famoso escritor mexicano, que abusó y acosó a casi una docena de mujeres. Al principio, nadie le creyó a las víctimas, pero todo cambió con un solo tuit. La respuesta se convirtió rápidamente en un movimiento de empoderamiento de mujeres que comenzaron a abrirse sobre sus experiencias con el abuso.

Las protestas durante el Día Internacional de la Mujer en el 2020, fueron otro punto de inflexión. Las autoridades estiman que alrededor de 80 mil mujeres marcharon en la Ciudad de México, pero otras fuentes sitúan a la multitud en 120 mil. Marcharon por tres demandas importantes: tomar en serio las investigaciones de feminicidio, implementar políticas para proteger a las mujeres y justicia para las víctimas y sus familias.

La protesta se prolongó hasta el 9 de marzo, con un paro de mujeres de 24 horas. La campaña #UnDíaSinNosotras invitó por un día a todas las niñas o mujeres del país a dejar de hacer lo que suelen hacer: ir a clases, trabajar, hacer las tareas del hogar, cocinar, etc. La huelga contó con un apoyo masivo de personas de todo el país y alrededor del 70 % de las mujeres se unieron a la huelga.

La ausencia de tantas mujeres en el ámbito económico, le costó a la economía 30 mil millones de pesos. En algunos lugares de trabajo, los hombres se presentaron para tomar el relevo, pero estaban abrumados en muchos bancos y escuelas, por ejemplo, que nunca abrieron o cerraron temprano. En línea, circularon imágenes de aulas medio vacías, metros y calles.

La protesta del Día de la Mujer tuvo éxito porque participaron mujeres de todas las edades y orígenes, y muchas mujeres se unieron por primera vez a las protestas. Algunas encontraron en el feminismo su ideología política, otras se volvieron más radicales e incluso violentas durante las protestas.

Los medios de comunicación nacionales se centraron más en las expresiones de ira de las mujeres durante las manifestaciones, que en sus demandas. Por ejemplo, el 28 de septiembre, Día de Acción Global por un Aborto Legal, Seguro y Gratuito, se llevaron a cabo dos protestas para exigir aborto legal y seguro para todas las mujeres mexicanas. Un grupo, encabezado por el Bloque Negro, planeó protestar frente al Congreso local. Aunque solo había unas 40 mujeres, fueron interceptadas por la policía y encapsuladas (Kettling) durante cuatro horas.

Lo mismo sucedió al día siguiente, pero esta vez con un grupo más grande de activistas que también fueron encapsuladas durante varias horas. Los ataques a manifestantes por parte de Ateneas, la unidad policial de mujeres, fueron duramente criticados. Al mismo tiempo, el Bloque Negro fue noticia por agredir con martillos a las mujeres policías. Debido a que las manifestantes pintaron monumentos y edificios, los medios de comunicación llamaron a estas feministas “saqueadoras”, “vándalas” y “criminales”. Cuando le pregunté a Itzania Otero, directora de la unidad policial de mujeres, si habían abusado de su poder en las manifestaciones, respondió que actuaron “en defensa propia” y que “nunca abusaron de su poder.”

Para Lilián Chapa, investigadora principal en justicia penal del World Justice Project, debatir si las estrategias de protesta violenta son correctas o no es “enfocarse en la parte equivocada del conflicto”. Según Chapa, la protesta violenta es solo una estrategia “porque ya no discutimos sobre qué está fallando en nuestro sistema de justicia para que las víctimas a protesten con tanta rabia.”

ALZANDO VOCES CONTRA EL PATRIARCADO

Cinco meses después de la ocupación inicial de las oficinas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, la lucha continúa. Problemas internos provocaron que Yesenia Zamudio abandonara la casa, pero el resto del grupo está decidido a seguir ocupando el edificio que ahora es su vivienda. Martínez dice que las autoridades acordaron permitirles permanecer en el edificio y colaborar con ellas para erradicar la violencia de género. Aunque Martínez y las demás les creen, implementaron protocolos de seguridad en caso de que la policía intente sacarlas por la fuerza.

Al preguntarle por qué continúan con su ocupación, Matancera, como la llaman en el grupo, explica que para ellas, “este es el lugar más seguro para estar en México”. Pitahaya, una niña alta y miembra del Bloque Negro dice: “No voy a ningún lado a menos que nos vayamos todas juntas, ya sea libres, presas o muertas.”

Sin embargo, las feministas del Bloque también están en el centro de una clara división dentro de la comunidad feminista de la Ciudad de México. Las mujeres del Bloque Negro se definen como separatistas radicales, solo trabajan y ayudan a mujeres biológicas porque “muchas de nosotras hemos sido violadas por hombres”, dice Matínez. Por supuesto, otros grupos feministas y LGBTQ+ critican al Bloque por ser transexcluyente y usar discursos de odio contra las personas trans. En octubre, Ofelia Pastrana, mujer trans e influencer, tuiteó que lo que más le molesta de la transfobia del Bloque Negro es que mujeres trans colaboraron con ellas y recaudaron dinero que aceptaron felizmente. Desde entonces, la Okupa perdió la mayor parte del apoyo que alguna vez tuvo de otras feministas y de la comunidad LGBTQ+.

La Okupa fue, y para algunas mujeres sigue siendo, un fuerte símbolo feminista. Pero no es el único. A medida que pasa el tiempo, surgen nuevos grupos feministas, nuevos chats donde las mujeres comienzan a organizarse, nuevos grupos de Facebook en donde se comparte información e incluso nuevos medios de mujeres con perspectivas frescas y jóvenes. Madres como Yesenia Zamudio son importantes en la formación de las generaciones más jóvenes que están presenciando cómo familias enteras hacen ruido y buscan justicia.

Aunque el gobierno de AMLO minimiza la importancia de los feminicidios y la violencia contra las mujeres en México, los grupos feministas demuestran más fuerte su oposición. A pesar de las represiones policiacas, la pandemia mundial y la gravedad de la epidemia de feminicidios, las feministas no dejan de protestar. Cada una sabe que podría ser la próxima, y por eso alzan la voz contra el patriarcado.

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El artículo original se publicó en la revista ROAR y aquí lo compartimos con permiso de la autora.

Natalia Gutiérrez, periodista que trabaja en la intersección del periodismo, la tecnología y la construcción de comunidades. Actualmente estudia una maestría en Periodismo Social en la Escuela de Graduados de Periodismo Craig Newmark en CUNY en Nueva York, donde se enfoca en la comunidad feminista de México y Nueva York.